La sonrisa de un chico todo lo vale y más aún cuando atraviesa lúgubres días en oscuras habitaciones de un hospital. Entonces, la visita de un perro puede lograr el milagro de dejar de lado los dolores y el miedo a los médicos y entregar a los pibes un rato de felicidad.

Tan noble tarea es la que realiza el equipo de la Asociación Bahiense de Terapia Asistida con Perros Ahora Juntos, que visita a los pequeños alojados en el Hospital Municipal Leónidas Lucero y transforma cada habitación de la Sala de Pediatría en una fiesta.

“¿Podemos entrar a jugar?”, pregunta el equipo formado por tres psicólogos y una psicopedagoga cada vez que toca una puerta. Entonces, cuando Kali, Bianca, Lola, Nina y Tita, las labradoras adiestradas para estas actividades terapéuticas ingresan, la cara de los chicos se transforma y los padecimientos, aunque sea por un rato, quedan en el olvido.

Los inicios

La idea de realizar estas visitas surgió en 2011, gracias a una experiencia similar en Barcelona. Fue entonces que los integrantes de Ahora Juntos se contactaron con autoridades de salud de Bahía Blanca para proponer las visitas a los hospitales.

“Para nuestra sorpresa, se fascinaron con la propuesta y organizaron un espacio de información donde pudimos explicar la propuesta, mostrar videos y responder a cada duda”, contó la psicóloga Sonia Colisnechenko, quien trabaja junto a sus colegas Carina Martínez y María Laura Viñuela sumado a la psicopedagoga Florencia Chiaravelli.

Las respuestas que obtienen de los chicos son la mejor paga que puede tener este grupo de profesionales cada vez que llega con los perros y las cajas con pelotas, aros y pelucas. Uno de los sorprendidos fue Nahuel, un niño de cuatro años con síndrome de West, encefalopatía epiléptica que le produce espasmos y retraso psicomotor, entre otras dificultades. El pequeño dormía junto a su muñeco Conejín cuando las perras irrumpieron en su habitación. Entonces, aún un poco dormido, esbozó una sonrisa cuando le hicieron tocar la cabeza de una de sus nuevas “amigas peludas”.

En tanto, Gabriel, quien sufrió quemaduras en gran parte de su cuerpo en un accidente doméstico, contagió con su ruidosa risa y protestó cuando las perras siguieron rumbo a otra habitación. Las mismas satisfacciones se vivieron en cada cama, con cada chiquito visitado, con el que se logra cambiar su actitud respecto del tratamiento.

Al estar más distendidos y jugando, relatan situaciones valiosas al diagnóstico y a las orientaciones del equipo de salud del hospital. Están más abiertos al diálogo”, explicó Colisnechenko; mientras que Martínez concluyó: “Para estar en el hospital el niño es separado de su familia, de sus amigos, del jardín o de la escuela. Las prácticas, como la colocación de un suero, son invasivas. La presencia del perro lo devuelve al ambiente familiar"